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Las frutas exóticas hunden sus raíces en España

Cómo la producción de estas peculiares frutas contribuye a mitigar la denominada “huella de carbono”

Es un viernes cualquiera y en el supermercado habitual de Laura: los amplios envases, donde reposan durante el día los mangos y los aguacates, vuelven a estar en el plástico. Se dirige a un empleado que por cualidad pasaba por su lado y recibe, sin sorpresa, la misma respuesta de todos los viernes anteriores: “No queda ni un solo aguacate en toda la ciudad y el camión de mangos no llega hasta el martes de la semana que viene”. Ya sea por curiosidad o por una necesidad real de la gente en satisfacer sus gustos exóticos, la fruta tropical está de moda y, por desgracia para Laura, la tarta de mango tendrá que esperar la llegada del próximo camión.

En un país donde el trabajo de la tierra ha tenido históricamente un impacto considerable tanto en la economía como en el paisaje, las fluctuaciones, siempre a la baja, de los precios de venta en origen debido a la feroz y desleal competencia en el extranjero así como los cambios en los hábitos de los consumidores, han obligado a muchos agricultores españoles a modificar sus líneas de negocio. Cultivos tradicionales que en el pasado producían generosos frutos han sido sustituidos por otros de procedencia más exótica y con una demanda que está lejos de tocar techo.

Los vastos campos del sur de España son testigos una temporada más de cómo prosperan en su tierra árboles endémicos en latitudes muy lejanas que, no obstante, encuentran en nuestro país las condiciones idóneas para desarrollarse con vigor. El primer antecedente del cultivo de una fruta exótica en España vino de la mano de Julián Díaz Robledo. Aquel joven madrileño que atendía en su escaso tiempo libre las necesidades del modesto negocio familiar de frutas, quedó fascinado por el aguacate durante unas vacaciones en Canarias allá por los años 50. Un visionario que consiguió, con éxito, trasladar la producción desde las Islas hasta la piel de toro, más en concreto, hasta las regiones de Málaga y Granada.

Es por ello por lo que la mayor industria de estas variedades exóticas en Europa, habla español y tiene acento andaluz, la región de Murcia es también pionera. Miles y miles de toneladas de estos productos recorren el viejo continente bajo sello español y solo en nuestro son necesarias 2.500 toneladas de mango para satisfacer la demanda del consumidor nacional. Pero el beneficio no es exclusivamente económico, científicos de prestigio señalan que los cultivos de proximidad, sobre todo cuando son de cultivos de orígenes lejanos, ayudan a reducir la “huella de carbono”, el resultado de las emisiones de gases de efecto invernadero derivados del transporte en avión desde el lugar de producción hasta el lugar de venta.

No debe quedarse el lector con que son solo aguacates y mangos las únicas frutas exóticas que encuentran su lugar en España, ya que éstos son la punta del iceberg. La producción nacional de guayaba, pitaya o fruta del dragón, papaya, chirimoya, entre otras, se encuentra en pleno apogeo. Ya sea por sus llamativos colores, por su atípico sabor o por sus beneficiosas propiedades para la salud, el cultivo de frutas exóticas amenaza con relegar al olvido la entrañable postal donde hectáreas de olivos tapizan las tierras del sur de España.

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