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¿Y cómo están los bancos? La fusión Caixa-Bankia

En las últimas décadas, el negocio bancario ha sufrido en sus carnes todo un proceso de cambio que muchos no pudimos -o no supimos- prever. Un proceso que en los últimos años se ha acelerado de forma vertiginosa hasta convertirlo en una mera sombra de lo que fue.

Hoy, con los bancos digitales y las criptomonedas en auge, parecen lejanos los tiempos en que las entidades financieras tenían que colocar una oficina en cada manzana para conseguir clientes. Mucho han cambiado las cosas desde que, en su momento de mayor apogeo, bancos y cajas de ahorro emplazaron miles de sucursales hasta en el último rincón de España. No era extraño que hasta el más recóndito pueblo de los Pirineos contase con varias oficinas de bancos y cajas de ahorros en su calle principal -muchas veces, incluso una al lado de la otra-, y en las ciudades el nivel de concentración de estas pequeñas colonias del capital era aún mayor, especialmente en las zonas céntricas. Difícil era encontrar una manzana sin un puñado de estos establecimientos ofreciendo sus servicios.

Por desgracia, este lucrativo negocio (que, más allá de las opiniones políticas de cada cual, ofrecía una importante salida laboral a miles de españoles) comenzó hace no demasiados años a tambalearse. El primer varapalo lo recibió de mano de los avances tecnológicos, como sucedió a muchas otras industrias y servicios cuando los ordenadores comenzaron a cobrar poder.

De un día para otro, para un informe cuya elaboración requería decenas de trabajadores solo se necesitaba una hoja de cálculo, y lo que antes eran citas, reuniones y largas llamadas telefónicas pasaron a convertirse en genéricos correos electrónicos y gestiones realizadas desde una página web. Y así, casi de repente, miles de trabajadores de banca -desde simples cajeros a auténticos genios del cálculo- pasaron de ser imprescindibles en su entidad a ser una carga.

En aquel momento, el negocio inmobiliario -hoy tan criticado por su gestión- se planteó como una solución a la difícil situación a la que se enfrentaban la banca y las cajas de ahorros. En ese momento, miles, millones de emigrantes llegaban a una España próspera (donde aún parecía que nunca faltaría el trabajo) y necesitaban viviendas para alojarse. Y los bancos -por aquel entonces siempre prestos a la hora de embarcarse en nuevos negocios- hicieron de las hipotecas y la financiación de promociones casi una seña de identidad. Serían precisamente las Cajas de ahorro las que, frecuentemente sin cumplir las mínimas normas de concentración de riesgos, con más ímpetu se lanzasen a financiar nuevas construcciones.

Este reenfoque del negocio, aunque arriesgado, podría haber funcionado. Sin embargo, la crisis mundial que comenzó a gestarse en 2008 y la consecuente caída de los intereses monetarios erradicaron sus expectativas de éxito unos años después. Y lo que es peor: descubrieron una serie de irregularidades derivadas de la labor inmobiliaria que antes nunca se hubiese esperado que salieran a la luz: La quiebra de numerosas promotoras inmobiliarias destapó que muchas entidades no cumplían, a sabiendas, las garantías legales de financiación [establecidas, precisamente, para que aquellos futuros inquilinos que hubiesen invertido sus ahorros en la construcción de una nueva vivienda no perdieran su inversión en caso de, precisamente, la ruina de la promotora], y la caída de los intereses dio lugar, entre otros muchos problemas negativos, al convulso y muy discutible conflicto de las cláusulas suelo. Este último problema ha sido uno de los grandes lastres para el negocio bancario durante los últimos años.

El momento más grave de esta crisis (que, como todos sabemos, tuvo lugar en el año 2012), el gobierno de aquel entonces, conocedor del problema que se avecinaba, intentó que CaixaBank asumiese la deuda de Bankia -que ya se encontraba abiertamente en quiebra-. No pudo ser, pues no se consideró prudente hacer peligrar ambas entidades para salvar una sola, y, en consecuencia, fue el Estado el que debió asumir una deuda de 24000 millones de euros para evitar el debacle de Bankia y salvar los ahorros de miles de españoles.

Hoy en día, con una nueva crisis asomando por el horizonte, esta fusión se vuelve a plantear, aunque con mayores posibilidades de éxito. Por una parte, La Caixa ya se ha hecho en el pasado reciente -y con resultados exitosos- con las entidades de Caja Canarias, Caja de Burgos, Caja Sol, Caja de Navarra, Caja de Guadalajara y Caja de Girona, por lo que se prevé que pueda hacer frente exitosamente a esta nueva incorporación. Por otra, Bankia (que en su día resultó de aglutinar Caja Madrid, Caja de Ávila, Caja Insular de Canarias, Caja Laietana, Caja de Segovia, Caja de Segovia,  Caja Murcia, Caja Granada, la balear Sa Nostra, Caixa Penedès y Bancaja -que a su vez estaba integrada por la Caja de Valencia Alicante y Castellón y por los Bancos de Valencia y Murcia-), se encuentra, gracias al dinero invertido por el Estado, mucho más saneada económicamente que hace ocho años.

Si esta fusión se consuma, el negocio bancario en España quedará estructurado en torno a 3 grandes bancos: el Santander (de origen cántabro), el Bilbao Vizcaya (de origen Vasco) y CaixaBank, que, aunque de origen catalán, después de esta fusión dispondrá del noventa por ciento de sus activos fuera de Cataluña (recordemos que su sede principal ya se encuentra en Valencia). Los activos del nuevo grupo rondarían los 664.000 millones de euros.

Por desgracia -y como siempre- el gran perjudicado será el empleo, que, como ha ocurrido cada vez que dos entidades se fusionan, sin excepción, se reducirá de manera considerable. Y, de nuevo, los consumidores tendremos más problemas para obtener un crédito (pues a menor competencia, más restrictivas son las condiciones de los bancos para entregar financiación), aunque ese era un problema inevitable: de haber continuado con entidades débiles y riesgo de quiebra, con esta nueva crisis el acceso a la financiación tampoco hubiera sido fácil.

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